lunes, 1 de octubre de 2012

Viaje al centro de la estupidez humana.


Hace tres años se me diagnosticó con una enfermedad en la cual no creí desde un principio, no creí porque era tan vaga la explicación que me daban que podía tratarse de cualquier cosa, las palabras más abundantes eran: no se sabe… no se cura… pero igual caí en la trampa, quizá por presión de terceros.

Como dudaba, me metí de lleno a investigar de qué se trataba esta “enfermedad” y cuanto más investigaba más me espantaba ver la cantidad de gente que caía en la trampa de un “diagnóstico misterioso”, como si el no saber de qué se trata fuera sumamente atractivo.

Para mi no es ninguna novedad la estupidez de la gente, ni tampoco es novedad que los grupos de poder basan en la estupidez de la gente su capital; lucran con la estupidez. Me espantaba ver las enormes sumas de dinero que quienes lucran con la enfermedad embolsan, me espantaba ver cómo pacientes diagnosticados con la “misteriosa” enfermedad iban empeorando su salud por causa de los medicamentos agresivos que este supuesto diagnóstico receta.

Traté de alertarlos, de hacerles ver la trampa, no quisiera pensar que fue imposible, pude ayudar a muchos pero no a todos, estaba tan agradecida con quien me había abierto los ojos a mi, (un diagnosticado que como yo había caído en la trampa) que quería ayudar a otros como me habían ayudado.

Hoy estoy en el tramo final de este absurdo viaje al centro de la estupidez humana (aunque en realidad la estupidez es únicamente humana) como nunca creí en el diagnóstico y nunca me apliqué ningún medicamento, nunca padecí los síntomas de esta “misteriosa enfermedad”.
Me apena no haber podido ayudar a todos aunque creo que hay quienes necesitan considerarse “enfermos” y si no es este diagnóstico será otro y tampoco pretendo luchar contra los grandes grupos de poder.

He visto con espanto cómo empeoran quienes hicieron de su enfermedad el centro de sus vidas y hoy publican orgullosos fotos que evidencian su actual deterioro físico, seguramente eso les debe hacer sentir muy bien. No quiero indagar los motivos que les llevan a ese extremo, nunca los hubiera conocido de no ser por la enfermedad. Es una pena, pero también es una pena la explotación de los pueblos indígenas (por nombrar una de las injusticias de este maltratado planeta) y no me ocupo de llevarles justicia.

Hoy hago un balance de las pérdidas y las ganancias de este viaje y sólo contabilizo las ganancias, quizá haya perdido tiempo, pero no lo creo, fue el tiempo que me llevó aprender a defenderme de esta inesperada circunstancia.

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