jueves, 27 de septiembre de 2012

Haciéndonos conscientes (qué hay detrás de los síntomas)



No estamos acostumbrados a pensar en una  visión positiva de la enfermedad ni estamos acostumbrados a buscarle un sentido. Tampoco la medicina tradicional lo hace cuando se limita a centrarse en el diagnóstico de la enfermedad y en el tratamiento de los síntomas, cuando es así, al centrarse únicamente en los síntomas y en buscar soluciones inmediatas para eliminarlos lo más rápidamente posible, corre el riesgo de desatender a la persona, de descuidar al individuo creyendo que sólo es una sumatoria de partes, perdiendo de vista al ser humano integral, al conjunto compuesto de psiquis, cerebro y órgano. 

Pero si decidiésemos partir de esta visión conjunta valorando la psiquis y el cuerpo como un todo en la que entendemos que el cuerpo (lo visible) es el reflejo de la conciencia, (lo invisible), resultaría más factible comprender que si existe desarmonía en la conciencia ésta se manifiesta en el cuerpo de forma visible, y lo hace en  forma de síntomas, pasan a ser, así, los síntomas, señales o indicadores de que algo falla, de que existe una desarmonía, un desequilibrio en nuestra conciencia, y de que tenemos que buscar la manera de corregir este desequilibrio.

Desde esta perspectiva entendemos que quizás la enfermedad trata de decirnos algo, puesto que nos pone en contacto con nuestra conciencia, nos empuja a comprender que hay algo en el inconsciente que trata de salir a la luz, algo que estamos negando, reprimiendo o bloqueando. Ese algo que está en las sombras, que está formado por  todos los pensamientos, sentimientos y emociones que deseamos eliminar de nuestra conciencia, porque de algún modo nos parecen negativos, está formado por conflictos que deseamos evitar, está compuesto por aquello que no queremos ser pero de alguna manera somos. Algo de lo que no queremos reconocer, aquello que no asumimos, que no queremos mostrar y ocultamos para sentirnos más seguros,  aquellos aspectos de nosotros mismos que relegamos al inconsciente porque no nos gustaban o nos hacían daño a nosotros o a otras personas, pero que son nuestros. Está compuesto de nuestra otra mitad que no mostramos al mundo, nuestra otra mitad que complementa lo que somos y que hace de nosotros una unidad, un ser completo. Una unidad compuesta por dos polos, un polo positivo y uno negativo, una parte consciente y otra inconsciente, dos polos que en equilibrio forman una unidad perfecta.

El mundo de los opuestos, donde algo no puede existir sin que su opuesto tenga lugar, lindo-feo, bueno-malo, alto-bajo, ying-yang, enfermo-sano, es a lo que estamos acostumbrados y donde nos sentimos cómodos porque es lo que conocemos. Así como existe en la naturaleza , una tendencia  al equilibrio, también esto ocurre en nuestro ser. Tratamos de equilibrar los dos polos, Así enfermedad y salud se convierten en dos caras de la misma moneda, una no puede existir sin la otra. Desde esta perspectiva, podemos ver a la enfermedad, más que como algo que debemos eliminar lo más rápidamente posible, como un camino que nos conducirá a la integridad, es el deseo que tiene nuestro ser de completarse y es la forma en la que nuestra conciencia nos hace saber que estamos incompletos, a través de nuestro cuerpo, es un impulso al cambio, a ser conscientes de que algo no está funcionando en nuestras vidas, de que nos falta algo para estar completos. 

Para completarnos, lo primero que deberíamos hacer es tomar contacto con nuestros síntomas, familiarizarnos con ellos, escucharlos, asumirlos, hablar con ellos, tratar de averiguar lo que están tratando de decirnos, buscarles un significado, un sentido de que tengan lugar, un sentido que se está manifestando en nuestro cuerpo.
Podemos indagar qué situaciones, qué pensamientos,  qué sentimientos y emociones podemos asociar con nuestros síntomas. Esto sería ahondar en nuestro interior de forma más profunda, transformar o traducir los síntomas en símbolos de la conciencia, ¿Qué simboliza para mí tener estos síntomas? ¿A qué me recuerdan? ¿Qué están tratando de decirme? 
Esto debe hacerse a nivel personal, descubrir qué quieren decir para cada uno estos síntomas. Lo que nos convierte en responsables de lo que sentimos, y cambia nuestro papel de enfermos pasivos a enfermos activos, comprometidos con la curación.

Además la enfermedad nos hace volvernos sinceros, nos hace volvernos vulnerables cuando nuestras máscaras se caen y nos encontramos con nuestra sombra. Buscar el sentido de los acontecimientos relacionados o que están asociados a la enfermedad nos lleva a darnos cuenta de la razón espiritual por la cual estamos aquí, ayudar a nuestra evolución.

Quizás la enfermedad se trate de una llamada de la conciencia para profundizar en lo que somos, para que entremos dentro de nosotros y nos encontremos con lo temido, escondido y no integrado. Si optamos por ver la enfermedad como un viaje heroico en el que nos adentramos en nosotros mismos, en el que descubrimos nuestras emociones, haciéndonos conscientes de ellas, en el que traemos a la superficie aspectos de nosotros mismos que reprimíamos porque no les gustaban a los demás, y decidimos asumirlos como una parte nuestra, como una parte que forma parte de un todo integrado, entonces empezaremos a vivir de acuerdo a lo que somos, en libertad.  

Puede que, en la mayoría de las ocasiones, esto nos lleve a reorientar la vida, cambiar aspectos de nosotros o más bien empezar a tenerlos en cuenta, poner a prueba nuestras relaciones, cambiar la manera de abordarlas, ver cuán importantes son, cambiar nuestras prioridades, preguntarnos por el sentido de la vida, y si cabe otorgarle un nuevo sentido, descubrir a qué hemos venido, cual es el tipo de vida que hace que nos alegre vivir.

Hay personas que no se han preguntado si hacían realmente lo que querían hacer con sus vidas hasta que una enfermedad mortal vino a interrumpir su camino. Hay ocasiones en las que haber padecido dolor nos hace sensibilizarnos con el dolor de los otros, y encontrar  la manera de poder ayudarlos, aprendiendo a darles lo que nos gustaría haber recibido a nosotros. 
Cuando comprendemos el propio dolor, nos resultará más fácil comprender el dolor ajeno, aprenderemos a empatizar con su dolor. 

La enfermedad no es sólo del organismo, sino que también forma parte de nuestra parte más espiritual, si los tratamientos convencionales implican cambios en nuestro organismo, como dietas, toma de medicamentos, adquirir hábitos saludables, éstos deberían también complementarse con psicoterapia, tratamientos espirituales, meditaciones y visualizaciones que nos ayuden a cambiar lo que tenemos que cambiar o asumir lo que no podemos cambiar y que forma de nosotros. 
Los cambios en el modo de pensar, de afrontar la vida, de acercarnos a los demás, de aprender a escucharnos y de revisar lo que nuestra alma trata de decirnos quedarán también reflejados en el organismo.

Además si la enfermedad nos hace ser más auténticos, sinceros, cabe por lo tanto la posibilidad de entender la enfermedad más que como una serie de síntomas que deberíamos evitar a toda costa, como una oportunidad de crecer, cambiar evolucionar, completarse o integrarse, como una oportunidad de efectuar cambios que en algún momento postergamos y nos acerque a nuestro ser verdadero.

Somos las únicas criaturas en la superficie de la tierra capaces de transformar nuestra biología mediante lo que pensamos y sentimos.

 A la enfermedad no se la combate, se la comprende.

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